Elaboración de la sal


La salmuera se distribuía a cada una de las granjas salineras, nombre que reciben las propiedades,  unidad independiente de producción de sal. Cada granja poseía al menos un pozo de almacenamiento de salmuera, donde reposaba ésta hasta su utilización. Frecuentemente no eran visibles ya que estaban cubiertos por las propias eras, pues el espacio en el Salero era limitado. Por este mismo motivo de aprovechamiento del espacio, y dado el irregular relieve del fondo del diapiro, las eras que integraban las granjas se dispusieron sobre terrazas artificiales, construidas mediante estructuras de madera, que permitían salvar los declives del terreno.
  
De los pozos, por una parte no cubierta, se sacaba la salmuera mediante el pingoste.

Este ingenioso instrumento de origen incierto, probablemente oriental, y cuyo uso se  remonta al Neolítico más antiguo, ha persistido hasta los últimos tiempos del salero. Este rudimentario sistema de palanca, comúnmente llamado cigüeñal, permitía extraer con escaso esfuerzo físico casi 15 litros de muera –capacidad aproximada de un pellejo- en cada movimiento. Sobre un poste vertical se colocaban dos tablas entre las que se disponía la palomilla, eje sobre el que bascula la baranda, vara de madera de casi 4 metros. En el extremo inferior de ésta se sujeta un peso, que solía ser una piedra con un orificio en el que se insertaba una estaca de madera que permitía esta sujeción clavándolo a la baranda. Del otro extremo colgaba con una lazada de cáñamo otra vara, lata, de varios metros, de la que pendía el pellejo de cabra ya descrito anteriormente. El esfuerzo del salinero era el de bajar la lata con el pellejo hasta el pozo y por el contrapeso del otro extremo éste recipiente lleno de salmuera se elevaba sin esfuerzo alguno.
    
La salmuera se vertía al desbarciadero, elemento de piedra y arcilla elevado que recogía ésta para distribuirla por canales a los arquetones de toda la granja.   
En los arquetones, pozo de pequeñas dimensiones forrado de madera o con fábrica de mampostería, se acumulaba la salmuera, para desde ellos regar las eras cercanas.
     
En estas eras o cristalizadores se producía la evaporación de la muera por el calor del sol depositándose en ella la sal. Las eras se dispusieron en pocas ocasiones en las escasas planicies naturales del terreno, ya que la pendiente del valle exigía la construcción de terrazas artificiales por todo el salero. Así, además de las que cubrían los pozos para aprovechar el espacio, las eras se apoyaban habitualmente sobre chozas y chozones, estructuras de entramados de vigas de madera y muros de piedra de mampostería que constituyeron estas terrazas artificiales.
 
El chozón era una estructura de soporte de eras que permitían conseguir un plano horizontal sobre un terreno en pendiente. A partir de muros de mampostería se colocaban puntales de madera y sobre ellos vigas que soportaban la era. La madera utilizada solía ser pino, roble y chopo negro, que con el tiempo se impregnaba de muera, curtiéndose y adquiriendo un color y una consistencia característicos.
 
Las chozas, a diferencia de los chozones, soportaban la era por medio de paredes de piedras y maderas, formando un recinto cerrado donde se guardaba la sal elaborada hasta su traslado a los almacenes estatales. Las tablas de las paredes se colocaban de una forma muy interesante, como explica Eduardo Sáiz Alonso en su libro. A través de un surco en los laterales de los puntales se encajaban las tablas cerrando el recinto. Además en ellas el salinero guardaba los aperos y otras pertenencias, de tal manera que también fue su lugar de alojamiento, su vivienda, durante la temporada de elaboración de la sal.
 
La era construida sobre chozas y chozones tenía como base un entarimado de tablas, sobre el que se disponía una gruesa capa de arcilla roja, hidratada para que pudiera cumplir su función impermeabilizante; encima otras capas de “tierra” procedente de la zona de Los Terreros en la parte noroeste del salero –milonita-, macerada y apelmazada con salmuera. Los bordes da la era, los morillos, sujetos con madera, se construían más elevados para contener la muera depositada.
   
La salmuera no se vertía directamente del arquetón a la era, sino que se regaba con la cuchara, instrumento de madera con un cuenco y un largo mango.
Junto con el sistema de inyección de agua dulce en el subsuelo para producir la salmuera artificialmente, es el modo de depositar la salmuera en la era –la forma de regar la era- lo que da un carácter singular a la fabricación de sal en Poza respecto a otras explotaciones salineras peninsulares.
 
Existía un momento y una forma determinada para regar la era. Tras depositar sobre la era una cantidad pequeña de salmuera comenzaba a producirse la cristalización de la sal. Es entonces cuando la muera se lanzaba con la cuchara o regadera con un movimiento que la dispersaba en pequeñas gotas y que al caer sobre la muera en proceso de cristalización, facilitaba una mayor sedimentación y cristalización en la era. De esta forma la salmuera se calentaba y al caer rompía los cristales de sal permitiendo así más superficie para que se precipitara más rápidamente sal Este momento de riego era reconocido por los salineros para conseguir una buena producción de sal, aunque no era raro escuchar en el salero "¡que se te quema la era!"  porque algún salinero despistado o que no era capaz de atender todas las eras a su cargo, al no añadir la salmuera en ese momento, la sal cristalizada se pegaba en la era dificultándose su posterior recogida.
 
La sal se recogía al menos una vez al día, al finalizar la jornada o a primeras horas de la mañana. Mediante el rodillo, una tabla de madera provista de un mango, se arrastraba la sal hasta acumularla en un rincón de la era. Existían varios tipos: el mas pequeño, el de rondear o redondear, se utilizaba para los morillos; el rodillo de llegar o allegar, el de mayor longitud, para arrastrar toda la sal e irla amontonando en un extremo de la era; finalmente el rodillo de sacar, de una longitud intermedia y de mayor anchura, permitía poner la sal en una parte de la granja llamada  el salero, plataforma inclinada para escurrir y airear la sal húmeda. Una vez seca se vertía por un orificio, la piquera, a la choza que se hallaba debajo de la era donde se acumulaba.
         


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